¡Bienvenidos!

LA FOTOGRAFÍA,

el arte de dibujar con la luz, es un ejercicio de observación y el resultado un golpe de suerte. Una buena foto la hace cualquier maquina; una buena serie la hacen solo los fotógrafos. Cuidado, son verídicas y sin embargo mienten. Empiezas buscando la felicidad que te da conseguir una imagen única y bella, pero cuando te metes en el ajo te das cuenta que sin proyecto fotográfico no eres nadie

Dedicado a mi MARIBEL, por su apoyo.

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LA MIRADA OBLICUA: JUAN IGNACIO BLANCO

 2021/03/17

LA MIRADA OBLICUA

“Detenerse, ver, contemplar y pensar la imagen es un acto político que necesita ser elaborado desde una poética que nos ayude a imaginar futuros posibles. Futuros cuyos límites habrán de ser siempre contingentes y diversos”.

(Luis González Palma)


© Juan Ignacio Blanco

GRACIELA DE OLIVERIA

Viajar por tierra desde Lima a Mendoza es un recorrido que hacen muchos jóvenes mochileros europeos y americanos. Bordeando los Andes recorren la frontera entre Bolivia y Chile e ingresan a la provincia de Jujuy, donde empieza (o termina) la Ruta del vino argentino. Itinerario turístico que se extiende hasta la Patagonia, tiene su capital en Mendoza y desde el puerto de Buenos Aires envía los vinos al mundo.

Año tras año y desde 1936 se realiza la Fiesta Nacional de la Vendimia en Mendoza, un evento folclórico y popular de los más importantes del país, que sólo fue suspendido en años de crisis políticas y económicas. Desde 1986, sin interrupción, cada año de diciembre a febrero se vienen realizando los acostumbrados eventos vitivinícolas que culminan en la fiesta central con la elección de la reina de la vendimia. Esta fotografía de Juan Ignacio Blanco plantea la posible suspensión del evento para 2021, el motivo lo ilustra el mismo retrato con barbijo (mascarilla) de Sofía Leyes, electa reina de la vendimia el pasado febrero, poco antes de la pandemia.

Puntadas de no-ficción sobre reinas y vinos:

Las uvas se vuelven vino  porque echan de menos el dulzor de nuestra embriaguez… escribió el poeta Rumi, en el S. XIII.

En Perú a mediados del S. XVI se cultivó en la hacienda Marcahuasi, Cuzco, el primer viñedo de Sudamérica, traído por los colonizadores españoles para el vino de la misa.

“Martina” vive en Venezuela, un país productor de reinas de belleza. Ella dice que quien tiene una larga vida puede estar mal dos veces. Actualmente muchas reinas venezolanas, afectadas por la escasez de glamour en su país, huyen —como antes Martina huyó de la guerra española— a otros países.

¿Qué itinerario propone la ruta que hace el “muchacho-casa” de Montevideo?

El periodista Craig Welch dice que esta primavera, en la muy católica región italiana de Bérgamo, donde nació Juan XXIII (el Papa bueno), cientos de personas han muerto solas.

Fred Ritchin, decano del Centro Internacional de Fotografía, comenta que es indudable que la fotografía de un actual cadáver momificado: “Te hace sentir terror”. Las antiguas momias de la realeza egipcia y sus mausoleos, en cambio, hacen sentir fascinación.

Sofía, la reina de la vendimia de Godoy Cruz porta una liviana corona de un año, continúa estudiando y a pesar de la pandemia sigue interesada en la concientización del maltrato y abandono animal.

Sofía, la reina de España, carga su corona hace décadas y está ahora totalmente afectada por una viralización mediática.

 

MARIANO HORENSTEIN

Algún día, cuando todo esto haya pasado, quien realice el inventario de las imágenes de la pandemia advertirá lo que se repite: retratos en los que bocas y narices aparecen tanto o más tapados que senos o genitales; ciudades desiertas; ingentes cantidades de polietileno o látex envolviendo zonas de contacto; el espacio entre los cuerpos —incluso entre fotógrafo y modelo— convertido en protagonista.

Una reina de la vendimia, a años luz de cuando eran las vendimiadoras con manos callosas quienes competían por el puesto, es una reina tan artificiosa como podría serlo la reina de la primavera o la del carnaval o la de corazones. Su corona de piedras falsas, su prendedor de frutos de plástico, los grafitis rayados en el empapelado, la acercan más a una muñeca de torta de casamiento que a una representante de la realeza. Desde el cartón pintado del artificio, la joven rezuma ilusión. Aunque más no sea la de desfilar en un carruaje por el Carrusel o la Vía Blanca de las reinas, la de convertirse quizás, con suerte, en reina nacional.

Hoy, cuando fiestas populares como las de la Vendimia que acompañaron mi infancia son apenas remedos (imitación de algo) de lo que supieron ser, el artificio se exacerba y desnuda la vacuidad de la realeza. De toda realeza, lo mismo da que se trate de una vendimia de provincia que de la casa de los Windsor o los Borbones.

Por suerte nos quedan las miradas. Esas miradas que ningún tapabocas logra ocultar y que aquí se conjuga y confunde con el precario turquesa del fondo, escenografía pobre de un reinado efímero.

Y la sombra. Cuando la palabra ‘corona’ se ha convertido en nombre de un virus, una sombra en una fotografía no alude sino a la muerte. Esa muerte que toda imagen conjura y convoca a la vez.

 

ROS BOISIER

Nunca quise ser reina. Me aterraba la posibilidad de adquirir ese protagonismo impostado. Bailar un vals con un rey ficticio y escenificar una perfecta noche de ensueño no entraban en mis planes juveniles, tampoco en mis expectativas existenciales. Nunca soñé con ser reina.

Ser reina en un año maldito es un acto de supervivencia cultural, de adaptación social, de empoderamiento (hacer poderoso) comunitario, un logro que no entiendo tan irreal como posible. Sin embargo, la joven de la fotografía que representa la iconografía de la ilusión adolescente no expresa la emoción de la victoria. Es imposible que esos sobrios ojos verdes transmitan la satisfacción de un sueño cumplido. Algo no anda bien detrás de la mascarilla que cubre casi la mitad de su rostro. Esta reina sabe que el año de su reinado será recordado como uno de los más sombríos de la historia reciente de la humanidad. Y ella, la reina del año atípico, cargará con esa sombra densa cuando su corona haga de testigo y reliquia.

No sé lo que significa desear ser reina, esa ilusión inocente. Ahora entiendo que desmarcarme (sin saberlo) de ese sueño común me liberó de la frustración y de la envidia por no representar a esa figura heredada de la fantasía tradicional de nuestra cultura. Desear ser reina es una metáfora de algo que aún no sé pero que la vida me enseñará.

Mientras avanzamos hacia el año de la vacuna, sobrevivir a esta pandemia sin más tragedias y pérdidas, será el desafío individual y colectivo definitivo, sin príncipes azules que nos rescaten de vidas miserables, sin condenarnos a finales felices que no existen, sin relatos fantásticos que nos sometan al consumo y nos conduzcan a tener más que a ser, sin princesas ni reinas estereotipadas con cuerpos imposibles, sin estigmatizar la vida de las niñas que nunca serán reinas.   

 

 

LUIS GONZÁLEZ PALMA

Fotografiar es ver con ojos ajenos.

Posiblemente siempre lo son, posiblemente en el acto fotográfico los perdemos del todo para ver lo que no hay. Es la única oportunidad que tenemos para acechar lo Real, algo que usualmente se nos escapa, como el momento en el instante del parpadeo.

Posiblemente, la cámara sea esa grieta tecnológica que nos posibilita el encuentro con lo que ansiamos develar. Hablo de “encuentro” en el sentido de sorpresa y de lucha.

No vemos lo que vemos, vemos lo que necesitamos ver.

Un potente flash era lo necesario para arrinconar a una mujer. La potencia de su luz la empuja como si el propio mundo la empujara y la dejara sin vías de escape.

Su imagen queda aplastada sobre un muro que parece un paraíso frondoso, descascarado y húmedo, iluminado por una luz mortecina y fría que atraviesa y aplana la escena. Aplana todo: una vida, un sueño, una frágil corona.

De esta forma surge proyectada una sombra densa y negra. Más que ominosa (abominable), esta imagen es sombría. Esa sería la palabra correcta. Puede ser que la sombra sea la real protagonista, la mujer simplemente la hace visible. La lleva consigo como un fantasma, la carga en la espalda. En esta fotografía, esa mancha negra le invade el rostro hasta cubrirle la boca y ocultar parcialmente su rostro tímido y triste.

¿Qué vemos cuando vemos a esta joven mujer paralizada en un pequeño rincón de una habitación?
Simplemente que una triste fiesta ha comenzado. Lo que sigue es el intento de no fatigar la esperanza.

 


Publicado en LUR. Es una publicación de Muga, editorial especializada en teoría y escritos sobre fotografía

 

La mirada oblicua es una iniciativa de Luis González Palma a la que invita a Graciela De Oliveria, creadora y directora del proyecto Demolición/Construcción (Córdoba, Argentina), al psicoanalista Mariano Horenstein y a Ros Boisier, codirector de LUR,  a “que escribamos sobre las imágenes de la pandemia del COVID-19 que considero relevantes de ser pensadas y verbalizadas” con el deseo de que “se genere un espacio de encuentro y diálogo en el que se reflexione y debata sobre las imágenes que configuran nuestra manera de ver el mundo en este momento de desconcierto e incertidumbre, pero también de resistencia y esperanza”.


LA MIRADA OBLICUA: MORFI JIMENEZ

 2021/02/16

LA MIRADA OBLICUA

“Detenerse, ver, contemplar y pensar la imagen es un acto político que necesita ser elaborado desde una poética que nos ayude a imaginar futuros posibles. Futuros cuyos límites habrán de ser siempre contingentes y diversos”.

(Luis González Palma)

© Morfi Jimenez



GRACIELA DE OLIVERIA

En este nuevo destino de viaje aterrizamos, de noche, sobre la azotea de un edificio en Lima para asistir a la muestra fotográfica “(Ir) real” de Morfi Jiménez: una serie de proyecciones de fotografías analógicas con el fondo del paisaje nocturno de las torres del San Isidro District.

El proyecto alude al distanciamiento social y a la sensación del fotógrafo de percibir que lo que está sucediendo es algo impensable como realidad.

 Anoto en mi bitácora de viaje:

(Ir)real, puede tener el ‘ir’ entre paréntesis porque la gente está encerrada en sus departamentos y es un verbo poco conjugado en estos días.

Pero, también ese paréntesis podría estar conteniendo un deseo solapado de ir a lo real. 

Porque, si bien esta fotografía se titula Mis padres y es parte de un proyecto artístico, al referir a una realidad global puede encarnarse como una consecuencia o una respuesta local ante la situación pandémica generalizada. A la cual, como a cualquier otra, es posible encontrarle vinculaciones sociales, políticas o algo que la obra representa de su contexto y que excede lo biográfico del autor.

Al respecto de lo real y de Perú, recientemente participé del seminario La ética en el arte de Luis Camnitzer, quien en una de sus charlas nos dejó la siguiente pregunta (que ahora dejo a ustedes): “¿Cómo creen que actuaría el pensador peruano José Carlos Mariátegui en estos tiempos?”

Tiempos y redes sociales (y otras sugerencias para pensar no-ficciones):

Mariátegui adaptó las teorías socialistas europeas a la realidad indigenista del Perú, hace casi unos cien años atrás

Martina, la anciana de origen español, contó que una de sus hijas sólo pudo ir a verla una vez en dos meses, llegó a pie, luego de una hora de caminata, porque no hay gasolina en Caracas.

En Milán y Bérgamo, las morges saturaron ya en el pasado mes de abril y los ataúdes fueron acumulados en las iglesias, donde nadie acudió a velarlos.

Al reportero indonesio Joshua le han dado más de 32.500 ‘me gusta’ a la foto del cadáver momificado publicada en Instagram el pasado 14 de julio.

¿Habrá visto los ‘me gusta’ de su foto en las redes el muchacho casa que deambulaba por Montevideo?

Con la obra Mis padres, Morfi ganó el segundo premio en el concurso Desde mi ventana, organizado por la Unión Europea de Perú. 

 

MARIANO HORENSTEIN

Como los muebles lustrados una y otra vez, las imágenes tienen capas. No siempre nos es dado asistir al modo en que cada imagen se construye como tal, multilaminada. Y a menudo las capas de sentido que les asignamos en cuanto las miramos —en ese momento en que las imágenes pasan a ser de quien las mira— destinan al olvido cada una de las ligeras películas de experiencia con que se las acuñó.

En esta fotografía, ante el cielo estallado de Lima en el año de la peste, un artista ha proyectado las imágenes de cada uno de sus padres. Ambos con sus bocas tapadas por barbijos.

Si uno pudiera superponer las fotografías de toda una familia en un mismo formato, los rasgos comunes se solaparían y las diferencias de cada individuo del clan tenderían a diluirse. La imagen que se leería así sería la de un rostro por un lado inexistente, y por otro el emblema de ése —y no otro— mínimo ensamblaje humano necesario para la continuidad de la especie.

Si el fotógrafo hubiera superpuesto con exactitud ambas fotografías proyectadas, hubiera adivinado su propio contorno de hijo en las líneas más oscuras de la imagen.

Pero no lo hizo. Las figuras están desfasadas, sus tamaños difieren, sus miradas divergen. Como si esta vez se tratara de resaltar la diferencia frente a la uniformidad impuesta del tapabocas.

Cuando miramos una imagen que se ha titulado como Mis padres, miramos a un hijo mirándose a través de ellos, reflejado en ellos.

Miramos a alguien intentando adivinar el deseo del que es efecto, con la muerte anticipada como telón de fondo inevitable.

Miramos por sobre el hombro de quien ha fotografiado, de quien se mira escudriñando lo que lo hace distinto.

Miramos como si espiáramos una escena íntima a la que no hemos sido invitados.

 

ROS BOISIER

Hace tiempo que no deambulo por la nocturnidad de una ciudad, al menos no como aquellos años de calles silenciosas, de sombras arbóreas y asfalto mojado.

Alejada de las luces de las farolas ensayaba la invisibilidad como táctica de sobrevivencia.

En los intervalos entre la luz y la oscuridad aprendí todo lo que sé de la noche, en el sobrio ensimismamiento de ser uno mismo cuando todos duermen.

Pronto supe que nadie es invisible ni estando oculto en sus propias sombras.

No reconozco esta ciudad, no es la de mi nacimiento ni las de mi cobijo.

No hay estrellas, no hay Luna.

Hay ciudad y su murmullo es visual, es lumínico.

Permanecer en casa, estar, pertenecer, y su símbolo es la luz, señal de vida. Nunca vi tanta energía en las ventanas de mis paseos nocturnos no es su densidad, es pacto social.

Pertenecer, permanecer. Como esos cuerpos maternales/paternales fundidos entre sí permanecen en su pertenencia afectiva, dos imágenes unidas para ser una proyectada en silencio delante del murmullo.
Dos cuerpos que en su unión representan la fuerza que sustenta a la familia, esa idea de familia como núcleo social, como micromundo del afecto.

La representación responde al mundo de las ideas.

La imaginación zurce lo abstracto para dar forma a esas ideas

La representación es una pieza fantasmal, unión de símbolos y concesiones. La proyección es fantasmal, nos atraviesa y la atravesamos. Queremos retenerla como Morfi Jiménez que la intercepta con una tela para registrarla, para que permanezca porque se difumina, como los recuerdos.

Recuerdos y fantasmas, nada más difuso y abstracto, como las escenas de mis paseos nocturnos por Temuco, cada vez más lejanos, cada vez más borrosos.


LUIS GONZÁLEZ PALMA

Como en la teoría de conjuntos matemáticos, vemos una tela sobre la que se proyectan dos retratos que en un punto se mezclan, se sobreponen, se complementan. Uno se incluye en el otro en un espacio de pertenencia mutua. Son fantasmas que habitan, mientras dure la noche, una ciudad que al parecer padece de insomnio.

Llama la atención cómo los dos retratos, proyectados sobre una sábana a partir de una potente luz, impregnan de ilusión nuestra mirada, sus rostros son simplemente luz proyectada, doble ilusión
sujetada delicadamente con pinzas.

Me tomo la licencia de imaginar que el dispositivo creado a partir de la proyección de estos rostros no se hizo solamente para la toma de la fotografía, más bien tiendo a pensar que la proyección duró toda la noche y todo el día. De esta forma, puedo percibir que estos dos retratos, con miradas perdidas y hasta cierto punto resignadas, esperan el amanecer para ser lentamente devorados por la luz del sol.

Desde esta perspectiva, creo que lo que este dispositivo presenta es algo que dentro de nuestra cultura occidental tratamos de soslayar: la idea de que nos desvanecemos como humo en el viento.

Posiblemente sea necesario aceptar, o afrontar sin tanto drama, y con cierta imperturbabilidad, que lentamente estamos extinguiéndonos en nuestro cambiante presente.

No es tarea fácil aceptar que nacemos para ir muriendo lentamente, pero eso es precisamente lo que esta obra de alguna forma presenta. La pandemia que vivimos, lo único que hace es remarcar y amplificar ferozmente esa consciencia. Basta con ver esa mancha en donde dos seres se desintegran y se unen.

 


Publicado en LUR. Es una publicación de Muga, editorial especializada en teoría y escritos sobre fotografía

 

La mirada oblicua es una iniciativa de Luis González Palma a la que invita a Graciela De Oliveria, creadora y directora del proyecto Demolicion/Construcción(Córdoba, Argentina), al psicoanalista Mariano Horenstein y a Ros Boisier, codirector de LUR,  a “que escribamos sobre las imágenes de la pandemia del COVID-19 que considero relevantes de ser pensadas y verbalizadas” con el deseo de que “se genere un espacio de encuentro y diálogo en el que se reflexione y debata sobre las imágenes que configuran nuestra manera de ver el mundo en este momento de desconcierto e incertidumbre, pero también de resistencia y esperanza”.

 


LA MIRADA OBLICUA: ANDREA HERNANDEZ BRICENOS

 2020/12/04

LA MIRADA OBLICUA

“Detenerse, ver, contemplar y pensar la imagen es un acto político que necesita ser elaborado desde una poética que nos ayude a imaginar futuros posibles. Futuros cuyos límites habrán de ser siempre contingentes y diversos”.

(Luis González Palma)



GRACIELA DE OLIVERIA

Si en Indonesia la fotografía de un cadáver anónimo causó tremendo debate, fue porque allí venían negando la pandemia a favor de supuestas conveniencias políticas.

En Venezuela, en cambio, las políticas de aislamiento generan conciencia social, aunque también, resignación. Esto viene siendo tema de los reportajes Retratos de la pandemia en América, en los que pareciera que el conformismo americano es generalizado.

Esta fotografía ­nos presenta a la familia de Donato y Martina, matriarca española que vive en Caracas desde joven, ambos ancianos y recluidos por la pandemia. No son actuales las fotografías, Martina cuenta que ella hizo el tejido de palma como soporte y fue pegando en él esos retratos. Como urdimbre vinculante es una metáfora de que la unión familiar está así, actualizada.

Miro el rectángulo y me lo figuro como un meet on line con sus participantes en la pantalla del ordenador: cuánto me gustaría pedir permiso para entrar a esta reunión y recibir de la mano de Martina su gesto ancestral de bendición, que como toda vieja sabia tiene el poder de bendecir a la distancia.

Sus declaraciones me colman de alteridad emocional. A pesar de tanta escasez circundante, su entereza me lleva a recordar a mi abuela, Ironda. Sus padres emigraron de Italia a Brasil en las primeras décadas del 1900. Ella, la hija mayor, siendo aún niña tuvo que ocuparse de sus hermanos y las tareas domésticas tras la muerte prematura de su madre; si hubiera sido la segunda, luego de un varón, igual le hubiera tocado el trabajo, así como ser la única sin tiempo para ir a la escuela. De adulta afrontó una difícil vida de campesina, crió nueve hijos entre las zonas rurales del sur de Brasil y el norte de Argentina. Fue, como Martina y su familia, de esa gente que acepta su destino. Invoco a Ironda porque hablaba como habla Martina, con conciencia de clase y dignidad. Ambas con una humanidad incólume en medio de una realidad detonada en tantos aspectos.

En el portarretratos acariciado por Martina, a excepción de la hija minusválida que cuidó hasta hace poco, todos están vivos.

Es lo que rescata esta foto de Andrea Hernández, y eso podría ser la principal diferencia del contenido grandilocuente de la fotografía de Joshua en Indonesia; redime la vida simple dentro de una situación generalizada y aterradora, los valores humanos como resistencia a toda calamidad externa. La entrevista le da entidad ,fotográfica y textual,  a Martina, y un acompañamiento que se extiende al lector. Al menos yo, me quedo en compañía de las voces de las abuelas, antes europeas y ahora de chamanas americanas.

 


MARIANO HORENSTEIN

A esta altura, es sabido que las imágenes nos miran. También se sabe que se mira desde la propia memoria.

Como no existen retinas vírgenes, contaré un breve relato. Mientras hacía mi carrera universitaria, uno de los amigos con quienes vivía tuvo la ocurrencia de inventar una galería de rostros. Recortábamos las caras de los avisos fúnebres del periódico y las pegábamos una al lado de otra en un panel colgado de la pared de nuestro piso de estudiantes. En medio de los rostros que no conocíamos, cada uno de quienes convivíamos pegó una foto carnet con su propio rostro. En una época en la que la muerte es algo que le sucede a los otros, nos mezclábamos con los occisos (muertos violentamente)  sin ningún inconveniente. El efecto que generaba pararse frente a nuestra galería de rostros era cómico. Nos veíamos y en el acto reíamos. Sucedió una que otra vez que alguien nos visitaba y reconocía a algún pariente recientemente fallecido. Y reíamos todos nuevamente.

¿Por qué relato esto ahora? Pues porque la imagen me evoca a nuestra antigua galería de rostros, solo que entretanto han pasado más de treinta años, la muerte ya es un dato relevante y no me causa ninguna risa.

Las fotografías miran desde dentro de otra fotografía y lo que se hace presente es la ausencia. La ausencia de los que han migrado o de los que mueren o de quienes crecen y mutan sin que quien mira pueda asistir al placer de ver cambiar subrepticiamente a quienes se ama. Quienes miran desde las fotografías formulan un reclamo sin palabras, interrumpen con su mirada la perorata de los políticos de un bando y otro. Sus miradas se convierten en una exigencia ética.

Y nosotros miramos como la anciana que mira y estira su mano para no alcanzar nunca las imágenes de aquellos a quienes ama. Su mano es mapa y reloj de arena, registra el tiempo que ha transcurrido desde que cada una de las fotografías que pretende tocar fue tomada.

No alcanzamos a tocar el dolor de la ausencia. Pero sí aprendemos algo acerca de nuestra mirada: que puede ser un instrumento capaz de tocar.

Si un ciego puede leer con las manos, nosotros podemos casi tocar mirando.

 


ROS BOISIER

Escena 2. Interior / día

 La primera impresión que he tenido al ver esta fotografía de Andrea Hernández es de haberla visto antes.
 ¿Cómo un déjà vu?

 No, como la repetición de una visualidad establecida y validada en los medios de comunicación, como una forma aprendida de mirar, fotografiar y transmitir un mensaje en el cual la fotografía apoya la información de un texto, no al mismo nivel que la palabra ni mucho menos al revés, que la imagen sea la que tiene la función de comunicar por sí misma.

(Pausa)

 A cuántas historias distintas podría acompañar esta fotografía? Me parece que a muchas.

 ¿Acaso esta polivalencia no es una de las cualidades de la imagen fotográfica?

(Pausa)

 Me parece que lo que esta imagen muestra es la representación de la tercera edad, la familia y las clases sociales humildes, temas que transportan por sí solos connotaciones no menos complejas que cuando los tres se constituyen en uno. ¿Tema recurrente?

 Con esta imagen se nos presenta una visión de la vejez y la familia en el contexto de la llamada clase trabajadora. Lo he visto antes, lo hemos visto antes y lo seguiremos viendo, y siempre relacionaremos el mensaje con ese contexto y sus connotaciones porque lo hemos aprendido a interpretar, lo hemos interiorizado.

  Hay algo más en esta fotografía.

  Sí, tras ella y lo que representa hay una historia de vida en un contexto muy concreto: la pandemia y sus consecuencias.

 Pero si vamos más allá de lo que muestra la imagen, es decir, a la información de la entrevista de la que la fotografía forma parte, sabremos que la historia detrás de esta es la de Martina Rodríguez, una española de 87 años que vive en Venezuela desde 1958.

  También sabremos que el portarretratos en el que vemos a sus familiares fue tejido con hojas de palma por ella misma.

(Pausa)

 ¿Podemos separar las imágenes de su contexto, del propósito por el cual fueron hechas, de quién las ha realizado y del medio de comunicación que las ha publicado?

  No, esto no es posible cuando se nos invita a pensar en las imágenes de la pandemia.

(Pausa)

 Mi primera impresión se ha focalizado en lo que me han transmitido los elementos formales de la fotografía y cómo su construcción y significado (el que interpreto) me han servido para buscar y encontrar similitudes con otras imágenes almacenadas en mi memoria. Mi cultura visual ha sesgado mi primer contacto con la imagen. No así la historia de Martina Rodríguez, particular y universal al mismo tiempo, historia que podría ser la de mis antepasados o la mía si llegase a los 87 años. Inmigrantes todos, habitantes de países a un lado y al otro del Atlántico.

   Nuestra empatía se activa cuando pensamos en nosotros mismos…

   No sólo por eso, también cuando nos abstraemos y somos capaces de pensar en la humanidad como una especie condenada a su extinción.

 Cuando eso ocurra, ¿Qué pasará con todas las imágenes que hemos construido?

 


LUIS GONZÁLEZ PALMA

Todo en esta fotografía tiene que ver con el tiempo. La imagen central es un collage que representa una cartografía amorosa, un mapa emocional que la mirada recorre con cierta nostalgia. No puedo dejar de imaginar que en este grupo de retratos hay una especie de calendario secreto, ajeno a la temporalidad que norma nuestro uso del tiempo y nuestras actividades cotidianas. Este precario almanaque contiene, en lugar de semanas y días, imágenes afectivas. Es un altar a la memoria.

Las fotografías de estas personas se animan con la mirada de esta mujer que trata de acariciarlas. Sus vínculos amorosos, sus afectos y sus secretos, cobran vida de nuevo ya que al contemplarlas, de alguna forma las acaricia. Estamos ante un calendario imaginario que nos recuerda también la fugacidad de nuestras vidas. Toda imagen es devorada por la luz. Mientras una imagen envejece, otra se va gestando, nace muriendo. El sol ha regulado los tonos de estas fotos, los ha ido desvaneciendo, les ha impuesto un orden, una cronología. Nacemos para morir, nosotros y las imágenes que nos representan.

En este momento en donde la pandemia genera un impasse sobre nuestras vidas y altera nuestra temporalidad, pareciera que todo se detiene; pero es una ilusión, el tiempo dilatado en que vivimos está cargado de miedos y ansiedades que fluyen por nuestras venas. Vivimos un tiempo viscoso, arrugado, como el de la mano temblorosa de la anciana que desea sostener sus recuerdos impresos en cada uno de estos rostros, desea evitar que estas imágenes se disuelvan hasta convertirse en fantasmas que habitan en un reducido rectángulo, vacío y húmedo. En realidad, desea sostenerlas ya que sabe que estas imágenes son, a pesar de su irremediable deterioro, las que la sostienen. Estas cápsulas de tiempos concentrados son las que le dan sentido a su abrumadora incertidumbre.


Publicado en LUR. Es una publicación de Muga, editorial especializada en teoría y escritos sobre fotografía

 

La mirada oblicua es una iniciativa de Luis González Palma a la que invita a Graciela De Oliveria, creadora y directora del proyecto Demolición/Construcción (Córdoba, Argentina), al psicoanalista Mariano Horenstein y a Ros Boisier, codirector de LUR,  a “que escribamos sobre las imágenes de la pandemia del COVID-19 que considero relevantes de ser pensadas y verbalizadas” con el deseo de que “se genere un espacio de encuentro y diálogo en el que se reflexione y debata sobre las imágenes que configuran nuestra manera de ver el mundo en este momento de desconcierto e incertidumbre, pero también de resistencia y esperanza”.


COMENTARIOS

Marie Geneviève Alquier

No sé si me significa más la mano de esa anciana o el primoroso soporte de los retratos, su simplicidad amorosa, y cómo está colgado del plato decorando la pared herida.

 

Martín M.

Lo curioso es la posibilidad de establecer dos caminos de lectura que no son contradictorios, sino más bien hasta cierto punto, complementarios.

Por un lado está la cuestión inevitable de cómo las imágenes del pasado de nuestros seres nos generan una sensación de bienestar a la vez que nos embargan de nostalgia, sin embargo es una nostalgia cómoda, que hasta cierto punto disfrutamos al volver a pasajes de la memoria que se disparan a partir de los retratos de otros sujetos, particularmente desde sus miradas: cuando alguien es fotografiado y mira directamente a la cámara hay una suerte de doble discurso, el de la mirada misma del ser capturado y el de la mirada de aquel que captura esa primera mirada. Ya luego hay una tercera mirada del espectador que une los puntos y establece un discurso mucho más propio que lo invita a encontrar refugio en las imágenes, una suerte de: cuyo recuerdo (imagen, fotografía, mirada) me sostiene cuando su ausencia me abruma.

No se fotografía a una anciana mirando las fotos de sus seres queridos, sino que se fotografía el sentir de la mujer al ver otras imágenes. A nosotros, espectadores, se nos muestra la reacción de un espectador que deviene objeto-sujeto.

 

Enrique Lista

El poder de una fotografía, como el de todo símbolo, radica en su imprecisión. Aportamos subjetividad a las imágenes porque no solo la permiten, sino que la esperan. Con ello las hacemos nuestras y participamos de ellas. Intercambiamos vida por sentido. Pretendemos hacerlas hablar, pero son nuestras voces las que hablan.

 

Péricles Dias

La escena me resulta familiar, mi madre suele acumular fotos tipo carnet de sus hijos en la montura del espejo del tocador. No se trata de una persona especialmente melancólica o coleccionadora, creo que está más interesada en el gesto poético, en el hecho material, en el presente.

En la imagen de Andrea Hernández, el gesto poético de Martina queda patente en la esterilla de palma, en esta trama que tejió para fijar fotografías queridas, colgada como si fuera un cuadro. La materialización de una ausencia, o un conjunto de ausencias, pero también el adorno, el objeto.