2023/05/23
LA MIRADA
Su mirada son sus palabras. Con la desconfianza que proporcionan los avatares de la vida
¡Bienvenidos!
LA FOTOGRAFÍA,
el arte de dibujar con la luz, es un ejercicio de observación y el resultado un golpe de suerte. Una buena foto la hace cualquier maquina; una buena serie la hacen solo los fotógrafos. Cuidado, son verídicas y sin embargo mienten. Empiezas buscando la felicidad que te da conseguir una imagen única y bella, pero cuando te metes en el ajo te das cuenta que sin proyecto fotográfico no eres nadie
Dedicado a mi MARIBEL, por su apoyo.
2023/05/23
LA MIRADA
Su mirada son sus palabras. Con la desconfianza que proporcionan los avatares de la vida
2021/09/23
Es una imagen que nos rememora las sensaciones que transmiten los cuadros de Edward Hopper, con la salvedad del formato vertical empleado aquí, tan inusual en él pintor mencionado.
Nos muestra una codificación doble, pues no está claramente plasmada la escena, que confiere a lo real un efecto fantástico. Los signos de la civilización se muestran perdidos o difusos. Es una representación que esboza no tanto perspectivas, sino más bien hitos.
Una visión limitada a
través de una ventana virtual con aires románticos. Es una mirada realista del
exterior, con su aire y su luz y a la
vez se produce un trastrueque visual, una visión inducida hacia el interior de
la estancia que se adivina. En todo hay una influencia mágica, una huella
psicológica, a través de pintar la luz del sol, en la pared de una casa. Es
como mirar un decorado, un ámbito perdido, un encuentro entre naturaleza y
civilización.
El mar al fondo se
presenta como un cuadro dentro de un cuadro, a modo de añoranza. Es representar
fotográficamente lo que uno tiene grabado en la memoria.
2021/09/16
Con la luz de los últimos estertores del día, el sol ya consumido y el polvo de la tierra seca bailando en círculos, exhalando un misterio irreconocible, te propones sortear un día más, y no recuerdo ya cuántos, la línea de conclusión existente entre el cielo y la tierra. ¡Pues no que siento, el sonido silbante del viento!
2021/04/25
LA MIRADA
Fotografía: Sandra Balcells – Guerra de Yugoslavia (1991)
Su mirada son sus palabras.
Y una mirada es un espejo; eres tú de alguna manera,
preguntando qué hay más allá de la propia desgracia.
2021/03/17
LA MIRADA OBLICUA
“Detenerse, ver, contemplar y pensar la imagen es un acto político que necesita ser elaborado desde una poética que nos ayude a imaginar futuros posibles. Futuros cuyos límites habrán de ser siempre contingentes y diversos”.
(Luis González Palma)
Viajar por
tierra desde Lima a Mendoza es un
recorrido que hacen muchos jóvenes mochileros europeos y americanos. Bordeando
los Andes recorren la frontera entre Bolivia y Chile e ingresan a la provincia
de Jujuy, donde empieza (o termina) la Ruta del vino argentino. Itinerario
turístico que se extiende hasta la Patagonia, tiene su capital en Mendoza y
desde el puerto de Buenos Aires envía los vinos al mundo.
Año tras año y
desde 1936 se realiza la Fiesta Nacional de la Vendimia en Mendoza, un evento
folclórico y popular de los más importantes del país, que sólo fue suspendido
en años de crisis políticas y económicas. Desde 1986, sin interrupción, cada
año de diciembre a febrero se vienen realizando los acostumbrados eventos
vitivinícolas que culminan en la fiesta central con la elección de la reina de
la vendimia. Esta fotografía de Juan Ignacio Blanco plantea la posible
suspensión del evento para 2021, el motivo lo ilustra el mismo retrato con barbijo
(mascarilla) de Sofía Leyes, electa reina de la vendimia el pasado febrero,
poco antes de la pandemia.
Puntadas de
no-ficción sobre reinas y vinos:
Las uvas se
vuelven vino porque echan de menos el dulzor de nuestra embriaguez…
escribió el poeta Rumi, en el S. XIII.
En Perú a
mediados del S. XVI se cultivó en la hacienda Marcahuasi, Cuzco, el primer
viñedo de Sudamérica, traído por los colonizadores españoles para el vino de la
misa.
“Martina” vive en Venezuela, un país
productor de reinas de belleza. Ella dice que quien tiene una larga vida puede
estar mal dos veces. Actualmente muchas reinas venezolanas, afectadas por
la escasez de glamour en su país, huyen —como antes Martina huyó de la guerra
española— a otros países.
¿Qué itinerario
propone la ruta que hace el “muchacho-casa” de Montevideo?
El periodista Craig
Welch dice que esta primavera, en la muy católica región italiana de Bérgamo,
donde nació Juan XXIII (el Papa bueno), cientos de personas han muerto solas.
Fred Ritchin,
decano del Centro Internacional de Fotografía, comenta que es indudable que la
fotografía de un actual cadáver momificado: “Te hace sentir terror”. Las
antiguas momias de la realeza egipcia y sus mausoleos, en cambio, hacen sentir
fascinación.
Sofía, la reina
de la vendimia de Godoy Cruz porta una liviana corona de un año, continúa
estudiando y a pesar de la pandemia sigue interesada en la concientización del
maltrato y abandono animal.
Sofía, la reina
de España, carga su corona hace décadas y está ahora totalmente afectada por
una viralización mediática.
Algún día,
cuando todo esto haya pasado, quien realice el inventario de las imágenes de la
pandemia advertirá lo que se repite: retratos en los que bocas y narices
aparecen tanto o más tapados que senos o genitales; ciudades desiertas;
ingentes cantidades de polietileno o látex envolviendo zonas de contacto; el
espacio entre los cuerpos —incluso entre fotógrafo y modelo— convertido en
protagonista.
Una reina de la vendimia, a años luz de
cuando eran las vendimiadoras con manos callosas quienes competían por el
puesto, es una reina tan artificiosa como podría serlo la reina de la primavera
o la del carnaval o la de corazones. Su corona de piedras falsas, su
prendedor de frutos de plástico, los grafitis rayados en el empapelado, la
acercan más a una muñeca de torta de casamiento que a una representante de la
realeza. Desde el cartón pintado del artificio, la joven rezuma ilusión. Aunque
más no sea la de desfilar en un carruaje por el Carrusel o la Vía Blanca de las
reinas, la de convertirse quizás, con suerte, en reina nacional.
Hoy, cuando
fiestas populares como las de la Vendimia que acompañaron mi infancia son
apenas remedos (imitación de algo) de lo que supieron ser, el artificio se
exacerba y desnuda la vacuidad de la realeza. De toda realeza, lo mismo da que
se trate de una vendimia de provincia que de la casa de los Windsor o los
Borbones.
Por suerte nos quedan las miradas. Esas miradas que ningún tapabocas logra
ocultar y que aquí se conjuga y confunde con el precario turquesa del
fondo, escenografía pobre de un reinado efímero.
Y la sombra. Cuando la palabra ‘corona’ se ha
convertido en nombre de un virus, una sombra en una fotografía no alude sino a
la muerte. Esa muerte que toda imagen conjura y convoca a la vez.
Nunca quise ser
reina. Me aterraba la posibilidad de adquirir ese protagonismo impostado.
Bailar un vals con un rey ficticio y escenificar una perfecta noche de ensueño
no entraban en mis planes juveniles, tampoco en mis expectativas existenciales.
Nunca soñé con ser reina.
Ser reina en un
año maldito es un acto de supervivencia cultural, de adaptación social, de
empoderamiento (hacer poderoso) comunitario, un logro que no entiendo tan
irreal como posible. Sin embargo, la joven de la fotografía que representa la
iconografía de la ilusión adolescente no expresa la emoción de la victoria. Es
imposible que esos sobrios ojos verdes transmitan la satisfacción de un sueño cumplido.
Algo no anda bien detrás de la mascarilla que cubre casi la mitad de su rostro.
Esta reina sabe que el año de su reinado será recordado como uno de los más
sombríos de la historia reciente de la humanidad. Y ella, la reina del año
atípico, cargará con esa sombra densa cuando su corona haga de testigo y
reliquia.
No sé lo que
significa desear ser reina, esa ilusión inocente. Ahora entiendo que
desmarcarme (sin saberlo) de ese sueño común me liberó de la frustración y de
la envidia por no representar a esa figura heredada de la fantasía tradicional
de nuestra cultura. Desear ser reina es
una metáfora de algo que aún no sé pero que la vida me enseñará.
Mientras avanzamos hacia el año de la
vacuna, sobrevivir a esta pandemia sin más tragedias y pérdidas, será el
desafío individual y colectivo definitivo, sin príncipes azules que nos
rescaten de vidas miserables, sin condenarnos a finales felices que no existen,
sin relatos fantásticos que nos sometan al consumo y nos conduzcan a tener más
que a ser, sin princesas ni reinas estereotipadas con cuerpos imposibles, sin
estigmatizar la vida de las niñas que nunca serán reinas.
Fotografiar es ver con ojos
ajenos.
Posiblemente siempre lo son,
posiblemente en el acto fotográfico los perdemos del todo para ver lo que no
hay. Es la única oportunidad que tenemos para acechar lo Real, algo que
usualmente se nos escapa, como el momento en el instante del parpadeo.
Posiblemente, la cámara sea esa
grieta tecnológica que nos posibilita el encuentro con lo que ansiamos develar.
Hablo de “encuentro” en el sentido de sorpresa y de lucha.
No vemos lo que vemos, vemos lo
que necesitamos ver.
Un potente flash era lo necesario
para arrinconar a una mujer. La potencia de su luz la empuja como si el propio mundo
la empujara y la dejara sin vías de escape.
Su imagen queda aplastada sobre
un muro que parece un paraíso frondoso, descascarado y húmedo, iluminado por
una luz mortecina y fría que atraviesa y aplana la escena. Aplana todo: una
vida, un sueño, una frágil corona.
De esta forma surge proyectada
una sombra densa y negra. Más que ominosa (abominable), esta imagen es sombría.
Esa sería la palabra correcta. Puede ser que la sombra sea la real
protagonista, la mujer simplemente la hace visible. La lleva consigo como un
fantasma, la carga en la espalda. En esta fotografía, esa mancha negra le
invade el rostro hasta cubrirle la boca y ocultar parcialmente su rostro tímido
y triste.
¿Qué vemos cuando vemos a esta joven mujer paralizada en un pequeño
rincón de una habitación?
Simplemente que una triste fiesta ha comenzado. Lo que sigue es el intento de
no fatigar la esperanza.
Publicado en LUR. Es una publicación de Muga, editorial
especializada en teoría y escritos sobre fotografía
La mirada oblicua es una
iniciativa de Luis González Palma a la que invita a Graciela De Oliveria,
creadora y directora del proyecto Demolición/Construcción (Córdoba,
Argentina), al psicoanalista Mariano Horenstein y a Ros Boisier, codirector
de LUR, a “que escribamos sobre las imágenes de la pandemia del
COVID-19 que considero relevantes de ser pensadas y verbalizadas” con el deseo
de que “se genere un espacio de encuentro y diálogo en el que se reflexione y
debata sobre las imágenes que configuran nuestra manera de ver el mundo en este
momento de desconcierto e incertidumbre, pero también de resistencia y
esperanza”.
2021/02/16
LA MIRADA OBLICUA
“Detenerse, ver, contemplar y pensar la imagen es un acto político que necesita ser elaborado desde una poética que nos ayude a imaginar futuros posibles. Futuros cuyos límites habrán de ser siempre contingentes y diversos”.
(Luis González Palma)
En este nuevo
destino de viaje aterrizamos, de noche, sobre la azotea de un edificio en Lima
para asistir a la muestra fotográfica “(Ir) real” de Morfi Jiménez: una
serie de proyecciones de fotografías analógicas con el fondo del paisaje
nocturno de las torres del San Isidro District.
El proyecto
alude al distanciamiento social y a la sensación del fotógrafo de percibir que
lo que está sucediendo es algo impensable como realidad.
(Ir)real,
puede tener el ‘ir’ entre paréntesis porque la gente está encerrada en sus
departamentos y es un verbo poco conjugado en estos días.
Pero, también
ese paréntesis podría estar conteniendo un deseo solapado de ir a
lo real.
Porque, si bien
esta fotografía se titula Mis padres y es parte de un proyecto
artístico, al referir a una realidad global puede encarnarse como una
consecuencia o una respuesta local ante la situación pandémica generalizada. A
la cual, como a cualquier otra, es posible encontrarle vinculaciones sociales,
políticas o algo que la obra representa de su contexto y que excede lo
biográfico del autor.
Al respecto de
lo real y de Perú, recientemente participé del seminario La ética en el
arte de Luis Camnitzer, quien en una de sus charlas nos dejó la siguiente
pregunta (que ahora dejo a ustedes): “¿Cómo creen que actuaría el pensador
peruano José Carlos Mariátegui en estos tiempos?”
Tiempos y redes
sociales (y otras sugerencias para pensar no-ficciones):
Mariátegui
adaptó las teorías socialistas europeas a la realidad indigenista del Perú,
hace casi unos cien años atrás
Martina, la
anciana de origen español, contó que una de sus hijas sólo pudo ir a verla una
vez en dos meses, llegó a pie, luego de una hora de caminata, porque no hay
gasolina en Caracas.
En Milán y
Bérgamo, las morges saturaron ya en el pasado mes de abril y los ataúdes
fueron acumulados en las iglesias, donde nadie acudió a velarlos.
Al reportero
indonesio Joshua le han dado más de 32.500 ‘me gusta’ a la foto del
cadáver momificado publicada en Instagram el pasado 14 de julio.
¿Habrá visto
los ‘me gusta’ de su foto en las redes el muchacho casa que
deambulaba por Montevideo?
Con la
obra Mis padres, Morfi ganó el segundo premio en el concurso Desde mi
ventana, organizado por la Unión Europea de Perú.
Como los muebles lustrados una y otra vez,
las imágenes tienen capas. No siempre nos es dado asistir al modo en que
cada imagen se construye como tal, multilaminada. Y a menudo las capas de
sentido que les asignamos en cuanto las miramos —en ese momento en que las
imágenes pasan a ser de quien las mira— destinan al olvido cada una de las
ligeras películas de experiencia con que se las acuñó.
En esta
fotografía, ante el cielo estallado de Lima en el año de la peste, un artista
ha proyectado las imágenes de cada uno de sus padres. Ambos con sus bocas
tapadas por barbijos.
Si uno pudiera
superponer las fotografías de toda una familia en un mismo formato, los rasgos
comunes se solaparían y las diferencias de cada individuo del clan tenderían a
diluirse. La imagen que se leería así sería la de un rostro por un lado
inexistente, y por otro el emblema de ése —y no otro— mínimo ensamblaje humano
necesario para la continuidad de la especie.
Si el fotógrafo hubiera superpuesto con
exactitud ambas fotografías proyectadas, hubiera adivinado su propio contorno
de hijo en las líneas más oscuras de la imagen.
Pero no lo
hizo. Las figuras están desfasadas, sus tamaños difieren, sus miradas divergen.
Como si esta vez se tratara de resaltar la diferencia frente a la uniformidad
impuesta del tapabocas.
Cuando miramos
una imagen que se ha titulado como Mis padres, miramos a un hijo mirándose
a través de ellos, reflejado en ellos.
Miramos a
alguien intentando adivinar el deseo del que es efecto, con la muerte
anticipada como telón de fondo inevitable.
Miramos por
sobre el hombro de quien ha fotografiado, de quien se mira escudriñando lo que
lo hace distinto.
Miramos como si
espiáramos una escena íntima a la que no hemos sido invitados.
Hace tiempo que
no deambulo por la nocturnidad de una ciudad, al menos no como aquellos años de
calles silenciosas, de sombras arbóreas y asfalto mojado.
Alejada de las
luces de las farolas ensayaba la invisibilidad como táctica de sobrevivencia.
En los intervalos entre la luz y la
oscuridad aprendí todo lo que sé de la noche, en el sobrio ensimismamiento de
ser uno mismo cuando todos duermen.
Pronto supe que nadie es invisible ni
estando oculto en sus propias sombras.
No reconozco
esta ciudad, no es la de mi nacimiento ni las de mi cobijo.
No hay
estrellas, no hay Luna.
Hay ciudad y su murmullo es visual, es
lumínico.
Permanecer en
casa, estar, pertenecer, y su símbolo es la luz, señal de vida. Nunca vi tanta
energía en las ventanas de mis paseos nocturnos no es su densidad, es pacto
social.
Pertenecer,
permanecer. Como esos cuerpos maternales/paternales fundidos entre sí
permanecen en su pertenencia afectiva, dos imágenes unidas para ser una
proyectada en silencio delante del murmullo.
Dos cuerpos que en su unión representan la fuerza que sustenta a la familia,
esa idea de familia como núcleo social, como micromundo del afecto.
La
representación responde al mundo de las ideas.
La imaginación
zurce lo abstracto para dar forma a esas ideas
La
representación es una pieza fantasmal, unión de símbolos y concesiones. La
proyección es fantasmal, nos atraviesa y la atravesamos. Queremos retenerla
como Morfi Jiménez que la intercepta con una tela para registrarla, para que
permanezca porque se difumina, como los recuerdos.
Recuerdos y
fantasmas, nada más difuso y abstracto, como las escenas de mis paseos
nocturnos por Temuco, cada vez más lejanos, cada vez más borrosos.
Como en la teoría de conjuntos
matemáticos, vemos una tela sobre la que se proyectan dos retratos que en un
punto se mezclan, se sobreponen, se complementan. Uno se incluye en el otro en
un espacio de pertenencia mutua. Son fantasmas que habitan, mientras dure la
noche, una ciudad que al parecer padece de insomnio.
Llama la atención cómo los dos
retratos, proyectados sobre una sábana a partir de una potente luz, impregnan
de ilusión nuestra mirada, sus rostros son simplemente luz proyectada, doble
ilusión
sujetada delicadamente con pinzas.
Me tomo la licencia de imaginar
que el dispositivo creado a partir de la proyección de estos rostros no se hizo
solamente para la toma de la fotografía, más bien tiendo a pensar que la
proyección duró toda la noche y todo el día. De esta forma, puedo percibir que estos dos retratos, con
miradas perdidas y hasta cierto punto resignadas, esperan el amanecer para ser lentamente devorados
por la luz del sol.
Desde esta perspectiva, creo que
lo que este dispositivo presenta es algo que dentro de nuestra cultura
occidental tratamos de soslayar: la idea de que nos desvanecemos como humo en
el viento.
Posiblemente sea necesario
aceptar, o afrontar sin tanto drama, y con cierta imperturbabilidad, que
lentamente estamos extinguiéndonos en nuestro cambiante presente.
No es tarea fácil aceptar que
nacemos para ir muriendo lentamente, pero eso es precisamente lo que esta obra
de alguna forma presenta. La pandemia que vivimos, lo único que hace es
remarcar y amplificar ferozmente esa consciencia. Basta con ver esa mancha en
donde dos seres se desintegran y se unen.
Publicado en LUR. Es una publicación de Muga, editorial
especializada en teoría y escritos sobre fotografía
La mirada oblicua es una
iniciativa de Luis González Palma a la que invita a Graciela De Oliveria,
creadora y directora del proyecto Demolicion/Construcción(Córdoba,
Argentina), al psicoanalista Mariano Horenstein y a Ros Boisier, codirector
de LUR, a “que escribamos sobre las imágenes de la pandemia del
COVID-19 que considero relevantes de ser pensadas y verbalizadas” con el deseo
de que “se genere un espacio de encuentro y diálogo en el que se reflexione y
debata sobre las imágenes que configuran nuestra manera de ver el mundo en este
momento de desconcierto e incertidumbre, pero también de resistencia y
esperanza”.
2020/12/27
Como una línea imperceptible, de la niebla, como podría ser también
de la oscuridad, surge el manantial de la vida, el agua. No encuentra
resistencia en su entorno y acude como respuesta al latir de la naturaleza. Y tras la invocación
silenciosa, indecible, parte en dirección indefinida. Pues ninguna dirección
que le sea ofrecida por la mente, deja de abrir paso a la llamada del corazón
sumergido.
Una es una de las fotografías que resultó participante en el “amigo invisible" de este este año, en la AFCSR de Jaen. Pedro, su autor, pronunció en la reunión virtual unas palabras que surgieron de un corazón sumergido.
Más o menos, estas fueron sus palabras:
“Ha
tenido que venir este virus y causar una pandemia con tantas muertes y
sufrimiento para que valoremos realmente la importancia de las relaciones
humanas, nuestra convivencia, cercanía y vivencias, la necesidad de
nuestros abrazos y besos a través de los que podemos expresar nuestras
emociones y sentimientos, en estos momentos cercenados.
¡Que
tristeza vivir en un mundo sin ellos!
Ojala
esta situación nos ayude a tomar conciencia de la importancia de nuestra
convivencia para anteponer la ayuda mutua, colaboración, convivencia y
solidaridad por encima egoísmos, individualismos y competitividad extrema,
verdadero cáncer de la social actual que facilita extremismos peligrosos
que pueden desembocar en confrontaciones”
2020/12/04
LA MIRADA OBLICUA
“Detenerse, ver,
contemplar y pensar la imagen es un acto político que necesita ser elaborado
desde una poética que nos ayude a imaginar futuros posibles. Futuros cuyos
límites habrán de ser siempre contingentes y diversos”.
(Luis González Palma)
GRACIELA DE OLIVERIA
Si en
Indonesia la fotografía de un cadáver anónimo causó tremendo debate,
fue porque allí venían negando la pandemia a favor de supuestas conveniencias
políticas.
En Venezuela,
en cambio, las políticas de aislamiento generan conciencia social, aunque
también, resignación. Esto viene siendo tema de los reportajes Retratos de la
pandemia en América, en los que pareciera que el conformismo americano es
generalizado.
Esta fotografía
nos presenta a la familia de Donato y Martina, matriarca española que vive en
Caracas desde joven, ambos ancianos y recluidos por la pandemia. No son
actuales las fotografías, Martina cuenta que ella hizo el tejido de palma como
soporte y fue pegando en él esos retratos. Como
urdimbre vinculante es una metáfora de que la unión familiar está así,
actualizada.
Miro el
rectángulo y me lo figuro como un meet on line con sus participantes
en la pantalla del ordenador: cuánto me gustaría pedir permiso para entrar a
esta reunión y recibir de la mano de Martina su gesto ancestral de bendición, que como toda vieja sabia tiene el poder de
bendecir a la distancia.
Sus
declaraciones me colman de alteridad emocional. A pesar de tanta escasez
circundante, su entereza me lleva a recordar a mi abuela, Ironda. Sus padres
emigraron de Italia a Brasil en las primeras décadas del 1900. Ella, la hija
mayor, siendo aún niña tuvo que ocuparse de sus hermanos y las tareas
domésticas tras la muerte prematura de su madre; si hubiera sido la segunda, luego
de un varón, igual le hubiera tocado el trabajo, así como ser la única sin
tiempo para ir a la escuela. De adulta afrontó una difícil vida de campesina,
crió nueve hijos entre las zonas rurales del sur de Brasil y el norte de
Argentina. Fue, como Martina y su familia, de esa gente que acepta su destino. Invoco a Ironda porque hablaba como habla
Martina, con conciencia de clase y dignidad. Ambas con una humanidad incólume en medio de una realidad detonada en
tantos aspectos.
En el
portarretratos acariciado por Martina, a excepción de la hija minusválida que
cuidó hasta hace poco, todos están vivos.
Es lo que
rescata esta foto de Andrea Hernández, y eso podría ser la principal diferencia
del contenido grandilocuente de la fotografía de Joshua en Indonesia; redime la vida simple dentro de una
situación generalizada y aterradora, los
valores humanos como resistencia a toda calamidad externa. La entrevista le
da entidad ,fotográfica y textual, a
Martina, y un acompañamiento que se extiende al lector. Al menos yo, me quedo
en compañía de las voces de las abuelas, antes europeas y ahora
de chamanas americanas.
MARIANO HORENSTEIN
A esta altura, es sabido que las imágenes nos miran. También se
sabe que se mira desde la propia memoria.
Como no existen retinas vírgenes,
contaré un breve relato. Mientras hacía mi carrera universitaria, uno de los
amigos con quienes vivía tuvo la ocurrencia de inventar una galería de rostros.
Recortábamos las caras de los avisos fúnebres del periódico y las pegábamos una
al lado de otra en un panel colgado de la pared de nuestro piso de estudiantes.
En medio de los rostros que no conocíamos, cada uno de quienes convivíamos pegó
una foto carnet con su propio rostro. En una época en la que la muerte es algo
que le sucede a los otros, nos mezclábamos con los occisos (muertos
violentamente) sin ningún inconveniente.
El efecto que generaba pararse frente a nuestra galería de rostros era cómico.
Nos veíamos y en el acto reíamos. Sucedió una que otra vez que alguien nos
visitaba y reconocía a algún pariente recientemente fallecido. Y reíamos todos
nuevamente.
¿Por qué relato esto ahora? Pues
porque la imagen me evoca a nuestra antigua galería de rostros, solo que
entretanto han pasado más de treinta años, la muerte ya es un dato relevante y no
me causa ninguna risa.
Las fotografías miran desde dentro de otra fotografía y lo que se hace
presente es la ausencia. La ausencia de los que han migrado o de los que
mueren o de quienes crecen y mutan sin que quien mira pueda asistir al placer
de ver cambiar subrepticiamente a quienes se ama. Quienes miran desde las
fotografías formulan un reclamo sin palabras, interrumpen con su mirada la
perorata de los políticos de un bando y otro. Sus miradas se convierten en una exigencia ética.
Y nosotros miramos como la
anciana que mira y estira su mano para no alcanzar nunca las imágenes de
aquellos a quienes ama. Su mano es mapa
y reloj de arena, registra el tiempo que ha transcurrido desde que cada una de
las fotografías que pretende tocar fue tomada.
No alcanzamos a tocar el dolor de
la ausencia. Pero sí aprendemos algo acerca de nuestra mirada: que puede ser un
instrumento capaz de tocar.
Si un ciego puede leer con las manos, nosotros podemos casi tocar
mirando.
ROS BOISIER
Escena 2. Interior
/ día
— La primera impresión que he tenido al ver esta
fotografía de Andrea Hernández es de haberla visto antes.
¿Cómo un déjà vu?
— No, como la repetición de una visualidad
establecida y validada en los medios de comunicación, como una forma aprendida
de mirar, fotografiar y transmitir un mensaje en el cual la fotografía apoya la
información de un texto, no al mismo nivel que la palabra ni mucho menos al
revés, que la imagen sea la que tiene la función de comunicar por sí misma.
(Pausa)
— A cuántas historias distintas podría acompañar
esta fotografía? Me parece que a muchas.
— ¿Acaso esta polivalencia no es una de las
cualidades de la imagen fotográfica?
(Pausa)
— Me parece que lo que esta imagen muestra es la
representación de la tercera edad, la familia y las clases sociales humildes,
temas que transportan por sí solos connotaciones no menos complejas que cuando
los tres se constituyen en uno. ¿Tema recurrente?
— Con esta imagen se nos presenta una visión de la
vejez y la familia en el contexto de la llamada clase trabajadora. Lo he visto
antes, lo hemos visto antes y lo seguiremos viendo, y siempre relacionaremos el
mensaje con ese contexto y sus connotaciones porque lo hemos aprendido a interpretar,
lo hemos interiorizado.
— Hay algo más en esta fotografía.
— Sí, tras ella y lo que representa hay una
historia de vida en un contexto muy concreto: la pandemia y sus consecuencias.
— Pero si vamos más allá de lo que muestra la
imagen, es decir, a la información de la entrevista de la que la fotografía
forma parte, sabremos que la historia detrás de esta es la de Martina
Rodríguez, una española de 87 años que vive en Venezuela desde 1958.
— También sabremos que el portarretratos en el que
vemos a sus familiares fue tejido con hojas de palma por ella misma.
(Pausa)
— ¿Podemos separar las imágenes de su contexto,
del propósito por el cual fueron hechas, de quién las ha realizado y del medio
de comunicación que las ha publicado?
— No, esto no es posible cuando se nos invita a
pensar en las imágenes de la pandemia.
(Pausa)
— Mi primera impresión se ha focalizado en lo que
me han transmitido los elementos formales de la fotografía y cómo su
construcción y significado (el que interpreto) me han servido para buscar y
encontrar similitudes con otras imágenes almacenadas en mi memoria. Mi cultura
visual ha sesgado mi primer contacto con la imagen. No así la historia de
Martina Rodríguez, particular y universal al mismo tiempo, historia que podría
ser la de mis antepasados o la mía si llegase a los 87 años. Inmigrantes todos,
habitantes de países a un lado y al otro del Atlántico.
—
Nuestra empatía se activa cuando pensamos en
nosotros mismos…
—
No sólo por eso, también cuando nos abstraemos y
somos capaces de pensar en la humanidad como una especie condenada a su
extinción.
— Cuando eso ocurra, ¿Qué pasará con todas las
imágenes que hemos construido?
LUIS GONZÁLEZ PALMA
Todo en esta
fotografía tiene que ver con el tiempo. La
imagen central es un collage que representa una cartografía amorosa,
un mapa emocional que la mirada recorre con cierta nostalgia. No puedo
dejar de imaginar que en este grupo de retratos hay una especie de calendario
secreto, ajeno a la temporalidad que norma nuestro uso del tiempo y nuestras
actividades cotidianas. Este precario
almanaque contiene, en lugar de semanas y días, imágenes afectivas. Es un altar
a la memoria.
Las fotografías
de estas personas se animan con la mirada de esta mujer que trata de
acariciarlas. Sus vínculos amorosos, sus afectos y sus secretos, cobran vida de
nuevo ya que al contemplarlas, de alguna forma las acaricia. Estamos ante un
calendario imaginario que nos recuerda también la fugacidad de nuestras vidas. Toda imagen es devorada por la luz.
Mientras una imagen envejece, otra se va gestando, nace muriendo. El sol ha
regulado los tonos de estas fotos, los ha ido desvaneciendo, les ha impuesto un
orden, una cronología. Nacemos para
morir, nosotros y las imágenes que nos representan.
En este momento
en donde la pandemia genera un impasse sobre nuestras vidas y altera
nuestra temporalidad, pareciera que todo se detiene; pero es una ilusión, el
tiempo dilatado en que vivimos está cargado de miedos y ansiedades que fluyen
por nuestras venas. Vivimos un tiempo viscoso, arrugado, como el de la mano
temblorosa de la anciana que desea sostener sus recuerdos impresos en cada uno
de estos rostros, desea evitar que estas imágenes se disuelvan hasta
convertirse en fantasmas que habitan en un reducido rectángulo, vacío y húmedo.
En realidad, desea sostenerlas ya que
sabe que estas imágenes son, a pesar de su irremediable deterioro, las que la
sostienen. Estas cápsulas de tiempos concentrados son las que le dan
sentido a su abrumadora incertidumbre.
Publicado en LUR. Es una publicación de Muga, editorial
especializada en teoría y escritos sobre fotografía
La mirada oblicua es una
iniciativa de Luis González Palma a la que invita a Graciela De Oliveria,
creadora y directora del proyecto Demolición/Construcción (Córdoba,
Argentina), al psicoanalista Mariano Horenstein y a Ros Boisier, codirector
de LUR, a “que escribamos sobre las imágenes de la pandemia del
COVID-19 que considero relevantes de ser pensadas y verbalizadas” con el deseo
de que “se genere un espacio de encuentro y diálogo en el que se reflexione y debata
sobre las imágenes que configuran nuestra manera de ver el mundo en este
momento de desconcierto e incertidumbre, pero también de resistencia y
esperanza”.
COMENTARIOS
Marie Geneviève Alquier
No sé si me significa más la mano
de esa anciana o el primoroso soporte de los retratos, su simplicidad amorosa,
y cómo está colgado del plato decorando la pared herida.
Martín M.
Lo curioso es la posibilidad de
establecer dos caminos de lectura que no son contradictorios, sino más bien
hasta cierto punto, complementarios.
Por un lado está la cuestión
inevitable de cómo las imágenes del pasado de nuestros seres nos generan una
sensación de bienestar a la vez que nos embargan de nostalgia, sin embargo es
una nostalgia cómoda, que hasta cierto punto disfrutamos al volver a pasajes de
la memoria que se disparan a partir de los retratos de otros sujetos,
particularmente desde sus miradas: cuando alguien es fotografiado y mira
directamente a la cámara hay una suerte de doble discurso, el de la mirada
misma del ser capturado y el de la mirada de aquel que captura esa primera
mirada. Ya luego hay una tercera mirada del espectador que une los puntos y
establece un discurso mucho más propio que lo invita a encontrar refugio en las
imágenes, una suerte de: cuyo recuerdo (imagen, fotografía, mirada) me sostiene
cuando su ausencia me abruma.
No se fotografía a una anciana
mirando las fotos de sus seres queridos, sino que se fotografía el sentir de la
mujer al ver otras imágenes. A nosotros, espectadores, se nos muestra la reacción
de un espectador que deviene objeto-sujeto.
Enrique Lista
El poder de una fotografía, como
el de todo símbolo, radica en su imprecisión. Aportamos subjetividad a las
imágenes porque no solo la permiten, sino que la esperan. Con ello las hacemos
nuestras y participamos de ellas. Intercambiamos vida por sentido. Pretendemos
hacerlas hablar, pero son nuestras voces las que hablan.
Péricles Dias
La escena me resulta familiar, mi
madre suele acumular fotos tipo carnet de sus hijos en la montura del espejo
del tocador. No se trata de una persona especialmente melancólica o
coleccionadora, creo que está más interesada en el gesto poético, en el hecho
material, en el presente.
En la imagen de Andrea Hernández,
el gesto poético de Martina queda patente en la esterilla de palma, en esta
trama que tejió para fijar fotografías queridas, colgada como si fuera un
cuadro. La materialización de una ausencia, o un conjunto de ausencias, pero
también el adorno, el objeto.