¡Bienvenidos!

LA FOTOGRAFÍA,

el arte de dibujar con la luz, es un ejercicio de observación y el resultado un golpe de suerte. Una buena foto la hace cualquier maquina; una buena serie la hacen solo los fotógrafos. Cuidado, son verídicas y sin embargo mienten. Empiezas buscando la felicidad que te da conseguir una imagen única y bella, pero cuando te metes en el ajo te das cuenta que sin proyecto fotográfico no eres nadie

Dedicado a mi MARIBEL, por su apoyo.

LA MIRADA OBLICUA: MATILDE COMPODÓNICO

 2020/11/18

LA MIRADA OBLICUA

“Detenerse, ver, contemplar y pensar la imagen es un acto político que necesita ser elaborado desde una poética que nos ayude a imaginar futuros posibles. Futuros cuyos límites habrán de ser siempre contingentes y diversos”.

 Luis González Palma



 GRACIELA DE OLIVERIA

Yo fui ocupado por todo lo que perdí (Gabo Ferro)

En estos viajes propuestos por LUR a través de fotografías, ligadas por la pandemia, voy tratando de develar ciertas conexiones entre la realidad que recorta cada imagen, los diversos aislamientos y mis inquietudes actuales.

Matilde Campodónico, fotógrafa, dice que todo ahora tiene que ver con el cuerpo, que no nos podemos tocar, y es cierto.

Pero el acto de fotografiar siempre ha implicado la distancia con el otro, ‘distancia’ que sabemos, tiene su lado oscuro. La toma se queda con la imagen sin tocar al retratado, quien la mayoría de las veces desconoce que fue capturado.

Otra distancia es practicada por quienes vemos imágenes ya publicadas y las comentamos. Es inevitable mirarlas a través de nuestro estado anímico presente y, en este momento particular, queremos explicarnos algo de lo que nos está ocurriendo.

En los registros actuales centrados en el aislamiento entre personas y lugares, percibo ciertos mensajes vinculantes, cierta información inconsciente y colectiva. Porque la incertidumbre provoca una supresión de futuro como ideal a lograr y trae un pasado que, tal vez, no hubiera aparecido antes.

No hablo de recuerdos (con los que trabajo mucho en mis investigaciones), sino del retorno de anteriores microacciones que practicábamos sobre el cuerpo, la casa, el patio, el barrio, los espacios abiertos de la ciudad. Y sí, en este contexto no es raro tener la necesidad de vincular lo que se pueda, el pasado con el ahora, el presente con la casa, la soledad con actividades inventadas (salir a caminar, tomar fotos, escribir comentarios en las redes). Por eso, desde una mirada oblicua y con imaginación, les invito a pensar otras no-ficciones con estas coincidencias vinculadas a la ciudad y a la casa:

Una performance no anunciada ocurre frente al Río de la Plata, un muchacho camina con una casa en la cabeza por la simbólica rambla de Montevideo, la Rambla Sur. Expectante, Matilde sale con su cámara a registrar escenas de la ciudad, una acción solitaria quiere ser registrada; en Uruguay nunca hubo cuarentena obligatoria.

En Indonesia el joven fotorreportero Joshua, afectado por un bombardeo mediático viral, se retiró a la seguridad de su casa.

En Caracas, la abuela Martina está siempre en su casa y tiene a su familia a salvo de la pandemia.

En Montevideo el muchacho-casa sale cada tanto al espacio público con una casa para los pensamientos, suyos y nuestros.

 


MARIANO HORENSTEIN

La figura es la de un militante introvertido a quien la fotógrafa sorprende mientras camina a lo largo de la rambla. Podría ir de cara descubierta y aun escamotearle al otro su ser, pero este muchacho toma precauciones y se oculta una y otra y otra vez. Se oculta tras su barba, tras su barbijo, tras la máscara que se ha construido y usa a modo de yelmo.

Es la contraparte perfecta del rostro que se ofrece al fotógrafo en el estudio, o incluso de aquel que se entrega fugazmente al cazador furtivo. Ese rostro que se entrega a quien lo captura para construir una obra en colaboración.

Aquí quien aparece en la imagen se ausenta mientras se deja ver, convertido en hombre sándwich, en pancarta. Su proclama ambulante, en la que quizás crea, es sin embargo un oxímoron o una burla: invita a quedarse en casa mientras pasea a la vera del río.

El joven, convertido en espectro o en caracol con su casa a cuestas, lleva escritas en sí tres palabras que habrán definido una época. Mucho más que un eslogan, tres palabras que son una respuesta inmunitaria social, y a la vez asunción de nuestra fragilidad.

Como un quijote tímido recién apeado de su caballo, también nos habla de cómo las palabras y las casas, además de las cosa, configuran nuestros pequeños mundos, cómo la mente se ambienta amoldándose al espacio que la acoge, cómo lo familiar es la matriz que esculpe silenciosamente nuestro cerebro.

Mientras, se las ingenia para sentirse en casa en cualquier lado.

 


ROS BOISIER

Salir a la calle y ser indignante. Escenificar una anécdota. Una anécdota peligrosa. Indignante. Una figura que indigna y el paisaje que calma, que sana.

El paisaje a pesar de todo.

La gracia. Representación de lo ligero con mar de fondo. Encuadre de lo espontáneo, de lo ordinario. Andar pausado, evadirse del mundo. ¿Por desprecio?, ¿por rebeldía?, ¿por inconsciencia? Ser indignante y no saberlo.

Ser ligeros cuando la muerte nos apague, ligeros de un modo definitivo, radical, seres profundamente ligeros. Ligeros con sentido.

Salir a la calle y ser indignante. Indignar. La diadema de la ironía, hueca por simpatía. La sonrisa del cómplice que NO se indigna. ¡Indignante!

Libertad, respeto, tolerancia, igualdad, justicia. Recursos democráticos para seres (in)civilizados, estandarte de la condición humana, de la estupidez encarnada en sí misma, en la anécdota, en la (des)gracia. Democracia para hacer, democracia para decir. Solidaridad para el vulnerable. Democracia para empatizar. Para equilibrar.

No hay gracia. No hay simpatía. Sí provocación por ironía. Muerte por imprudencia civil.

Salir a la calle y ser indignante. Indignar. Ser imprudente.

Diagnóstico: antipatía.

Salto al horizonte. Calma en el paisaje. Contraste por equilibrio. Sosiego. Ver la pillería e indignarse. Decencia en la denuncia. Violencia en la denuncia por reproche. Reproche y violencia por antipatía. No hay gracia. No hay simpatía.

Hay imagen, hay palabras, hay paisaje. Hay indignación por empatía.

 

 LUIS GONZÁLEZ PALMA

Esta fotografía nos presenta una gran ironía.

Puedo entender la necesidad adolescente de desmantelar una medida social a partir de un gesto performático, es decir, usando el cuerpo como medio para mostrar una experiencia que no deja una huella escrita. Este gesto o acción sirve para mostrar socialmente la paradoja: salir de casa, sin salir de ella. Esta casa, más que una máscara es una especie de casco, lo protege, pero lo limita. ¿La lleva a cuestas, o es ella la que lo lleva a él?

En realidad, estamos sujetos a nuestras primeras experiencias, al espacio y al contexto en donde las vivimos: la casa, su jardín, el barrio, el país. Usualmente utilizo una frase que, de tanto mencionarla, me la he apropiado: “Nadie sale ileso de la infancia”. La utilizo porque intento decir que la llevamos a cuesta y con ello nuestra visión del mundo, por muy limitada o amplia que esta sea. Somos seres que vivimos a la intemperie, no hay albergue posible que nos pueda proteger o aislar.

Si la fotografía de este joven caminando por la calle hubiera sido tomada en un momento ‘prepandémico’, ¿qué pensaríamos? Una posible lectura sería que, quien tuvo la suerte de tener una casa, aunque quiera salir de ella, independientemente de las condiciones en las que viva, no puede; de alguna forma, siempre está en ella, ya que simbólicamente la lleva a cuestas aunque no lo perciba, y viéndolo así, esta imagen es la representación visual de un oxímoron.

Pienso que la idea de “casa”, en sentido metafórico, es ese espacio/tiempo poroso en donde se construye la idea de hogar y, por lo tanto, la de la relación con el otro y con el mundo. Es parte constitutiva de nuestra subjetividad. Posiblemente lo que esta imagen muestra es que es imposible resolver la paradoja (hecho contrario a la lógica) que presenta porque siempre acarreamos la casa fundacional. Vagabundeamos por la vida con la herida oculta, caminando por ciudades semivacías y temerosas. 

Para ser más preciso, una de las preguntas que esta imagen me sugiere es: ¿no será que la verdadera casa es el cráneo?


 

Publicado en LUR. Es una publicación de Muga, editorial especializada en teoría y escritos sobre fotografía

 

La mirada oblicua es una iniciativa de Luis González Palma a la que invita a Graciela De Oliveria, creadora y directora del proyecto Demolicion /Construccion  (Córdoba, Argentina), al psicoanalista  Mariano Horenstein y a Ros Boisier, codirector de LUR,  a “que escribamos sobre las imágenes de la pandemia del COVID-19 que considero relevantes de ser pensadas y verbalizadas” con el deseo de que “se genere un espacio de encuentro y diálogo en el que se reflexione y debata sobre las imágenes que configuran nuestra manera de ver el mundo en este momento de desconcierto e incertidumbre, pero también de resistencia y esperanza”.



LA MIRADA OBLICUA: GABRIELI GALIMBERTI

 2020/11/05

LA MIRADA OBLICUA


“Detenerse, ver, contemplar y pensar la imagen es un acto político que necesita ser elaborado desde una poética que nos ayude a imaginar futuros posibles. Futuros cuyos límites habrán de ser siempre contingentes y diversos”

(Luis González Palma)


© Gabriele Galimberti

 


GRACIELA DE OLIVERIA

Se ha podido viajar de Montevideo a Milán durante la cuarentena porque el aeropuerto uruguayo se ha mantenido abierto.

Pero en esta fotografía hay otro viaje: al pasado reciente. Pasaron seis meses desde que esa mujer fuera retratada por Gabriele Galimberti contemplando un ataúd en la morgue de uno de los mayores cementerios de Milán.

“¿Cómo podemos llorar la pérdida cuando el coronavirus nos obliga a separarnos?” Pregunta Craig Welch en la nota de National Geographic, que esta y otras fotografías ilustran con reflexiones sobre cómo la pandemia ha cambiado los ritos funerarios.

En la imagen, del rostro de la mujer que contempla, sólo vemos el reflejo en eco por el doble vidrio que separa el pasillo de la sala, otra manifestación de que la imagen especular continúa siendo un motivo alegórico para el encuadre fotográfico. Entre los dos vidrios, la inerte cámara de aire resulta ser el único espacio incontaminado, fuera de allí todo está afectado y puede ser contagioso.

Craig Welch menciona que Paula Bronstein, quien documentó guerras, terremotos y hambrunas, no estuvo preparada para ver —desde un coche de alquiler—cómo enterraban el ataúd de su padre. Muchas preguntas podrían desprenderse de estas declaraciones.

¿Cómo encaran sus trabajos los profesionales de la comunicación cuando el que se muere es un desconocido? ¿Cuánto pueden documentar sin anestesia emocional?

Craig Welch  también trae a su nota a George Bonanno, quien hablando del duelo nos asegura que el dolor y la tristeza “son muy adaptables” y que, estadísticamente, casi dos tercios vuelven a la normalidad tras unos pocos meses, un cuarto tardan uno o dos años, y del cinco al diez por ciento pueden necesitar muchos años para afrontar una pérdida.

¿Ilustra la fotografía de Gabriele Galimberti estas declaraciones?, ¿asiente él con ellas? ¿Hasta qué punto acuerdan los fotógrafos las notas periodísticas que sus imágenes acompañan?

Duelo y trabajo: En Indonesia el fotógrafo Joshua Irwandi trató un cadáver momificado al estilo siglo XXI.
En Caracas, la abuela Martina (foto Andrea Hernandez) tiene, aunque un poco abandonado, un taller de costura para hacer algo en casa.

En Milán, Gabriele retrata un reflejo humano frente a su doble posibilidad de muerte. O quizá sea un retrato de la humanidad del Norte toda y sus mausoleos asépticos. Que el Sur sea nuestro Norte, propuso Torres García en 1943. En el Sur, tantas muertes se producen a la intemperie y son enterradas en fosas comunes. Desde hace siglos. Y los duelos aún prosiguen.

 


MARIANO HORENSTEIN

¿Cuál es el centro de gravedad de una imagen? El punctum, ese anzuelo en donde muerde nuestra mirada es un asunto de quien mira, atado a cómo la imagen gatilla circuitos diferentes en cada espectador. Nuestro modo de mirar es también un modo —único— de responder a los estímulos del mundo. Cada quien mira lo que puede, desde dónde puede.

Como siempre, aunque aquí de modo más notable, es la imagen la que nos mira. Mejor dicho, un par de rostros enmascarados (¿o son uno en realidad?) miran el cajón de madera lustrada, sobrio envoltorio de un cuerpo al que solo puede velarse tras un vidrio.

Habrá alguien para quien la nitidez del féretro sobre ruedas capture su mirada. En mi caso son los ojos que miran quienes me atrapan. Suele representarse a la muerte de modo brumoso, fantasmático. En cambio aquí son los rostros los que se difuminan y el cajón aparece inapelable. Sin nadie que lo empuje, podría pasarse una eternidad allí.

Nos toca un tiempo en el que los rituales están condicionados. La muerte precisa de rituales, bajo pena de prolongar el dolor ad infinitum. La pandemia obliga a despedirse de lejos, potencia la soledad de los muertos tanto como la de los vivos.

Fotografiar también es un ritual, un modo donde lo que se pierde logra socializarse. Aunque sea a través de un cortejo de pantallas. Aquí y allí, por medio mundo, la imagen desplegada en nuestras pantallas consigue restituir la compañía, la dignidad de una despedida.

La trama de pequeños mosaicos grises de la pared parece un tapiz apretado de ceros y unos, una trama digital que acentúa el carácter fantasmático de lo que se muestra. También los números en los papeles, el orden de los muertos quizás, replican ese efecto: de algún modo, nuestras biografías pueden codificarse como un puñado de ceros y unos. Nos ilusionamos con tener cuerpos, historias, vínculos, y al final del camino nos encontramos reducidos a una cadena numérica.

La peste, por momentos, pareciera destilar algunas marcas de la especie que la normalidad a la que estábamos acostumbrados velaba.

 

ROS BOISIER

La distancia no solventa el temor por el deseo. Prolongada incertidumbre. Devenir en pérdida la vida. Distancia entre unos reflejos que son cuerpo y un cuerpo hermético oculto. La cercanía emocional también como distancia, como distancia de alerta. Marcar distancia para la despedida. La distancia como frustración.

La imposibilidad de la despedida por distancia obligada, esa que funciona como señal de peligro y que respetamos sin opciones, ¿y por miedo? ¿Cómo ejerce el miedo entre un ser amado que hemos perdido y la propia vida? ¿Cómo gestionamos una despedida tan abrupta, estructurada y restrictiva?; ¿es esta situación límite un consuelo ante la pérdida? No lo sé, no quiero saberlo. Saber aquí es haberlo vivido.

Esta imagen de la pérdida, de la despedida, de la distancia y de la espera es consecuencia de unas circunstancias y a la vez predicción de unos acontecimientos, ambos lamentables.

Si en un momento la ignorancia nos había exculpado, ahora, esa entendida ignorancia… La respuesta correrá a cargo de la Historia, ella dispondrá ante nosotros su inteligencia para permitirnos analizar con perspectiva, mientras tanto, las preguntas no cesan porque es la herramienta (como la imagen también lo es), con la que interpelamos, nos interpelamos: entonces, quiero saber (para conocer), ¿cuántas escenas como esta o como la de la fotografía de Joshua Irwandi necesitamos ver para comprender la relevancia del momento que estamos viviendo? O, acaso, ¿debemos vivir las circunstancias, padecerlas, porque las imágenes y los relatos nos distancian de los hechos más que acercarnos a ellos?.

Este no es un cuestionamiento hacia aquellos que no se resignan a sacrificarse por el bien común, tampoco la reafirmación para los resignados, es la interpretación de algunos hechos recientes mediante la lectura de datos y la observación social.

 


LUIS GONZÁLEZ PALMA

Toda persona que muere, muere sola, pero no del todo. En la cultura occidental la despedida de un ser querido es un ritual y, como todo ritual, tiene sus reglas, sus secuencias y su tiempo. El ritual de despedida es indispensable para empezar a elaborar el duelo.

La pandemia ha modificado nuestros rituales de muerte. Las medidas preventivas no permiten la cercanía, ni con el muerto, ni con el féretro, y en general, tampoco con los seres cercanos y con ello se genera una experiencia inédita relacionada con el velatorio, el entierro o la incineración.

En relación a esta foto, percibimos la totalidad de un instante cuyo foco se centra en ver un féretro. Cualquier otro detalle carece de toda importancia.

Pero, ¿qué es lo que estas dos personas (no el fotógrafo que las registra) ven cuando ven ese féretro? ¿Qué pasa por sus cabezas al ver ese ‘recipiente’ en donde morará eternamente su ser querido? Pienso que al ver un féretro no vemos lo que vemos: un espacio ocupado por un cuerpo muerto, habitado por millones de bacterias que trabajaran para desnudar a un esqueleto. Todo lo contrario, vemos un manojo de recuerdos visuales, olfativos, táctiles y sonoros que se entremezclan, se sobreponen, se entrecruzan. Recordamos con los ojos vaciados: no vemos, sentimos. Es así porque una parte nuestra muere con el otro. Nuestra mirada se cancela y, perdiendo su sentido, muere por un tiempo. El féretro no es una imagen fija, es una especie de pantalla en donde proyectamos la pérdida.

Podría aventurarme a decir que nuestras vidas transcurren en espacios dentro de espacios. La piel humana es la frontera de nuestro cuerpo, el féretro funciona como una piel simbólica para el cadáver, el cementerio, la piel de donde se encontrará lo que llamamos ‘la última morada’. Un nicho tapiado y una lápida para el olvido. Espacios dentro de espacios, pensados y construidos para albergar memorias que el tiempo se encargará de disolver y convertir en olvidos.


 

Publicado en LUR. Es una publicación de Muga, editorial especializada en teoría y escritos sobre fotografía

 

La mirada oblicua es una iniciativa de Luis González Palma a la que invita a Graciela De Oliveria, creadora y directora del proyecto Demolicion/Construcción (Córdoba, Argentina), al psicoanalista Mariano Horenstein y a Ros Boisier, codirector de LUR,  a “que escribamos sobre las imágenes de la pandemia del COVID-19 que considero relevantes de ser pensadas y verbalizadas” con el deseo de que “se genere un espacio de encuentro y diálogo en el que se reflexione y debata sobre las imágenes que configuran nuestra manera de ver el mundo en este momento de desconcierto e incertidumbre, pero también de resistencia y esperanza”.

 


FOTOGRAFIAS ICÓNICAS: HORST P. HORST


"The Mainbocher Corset"


Es agosto de 1939 y estamos en París.  La amenaza nazi flota en el ambiente y muchos empiezan a plantearse abandonar la “ciudad de la luz”. En su estudio, un reconocido fotógrafo de moda que trabaja para la edición francesa de Vogue, acaba de hacer su última foto antes de hacer las maletas y cruzar el Atlántico rumbo a Nueva York. No quiere marcharse, París es su casa, el centro mundial de la moda y de la alta costura. Su vida y la profesión que tanto ama están allí. Su nombre completo es Horst Paul Albert Bohrmann, y pasará a la historia de la fotografía con el nombre de Horst P. Horst.  Antes había estudiado en la escuela de Artes comerciales de Hamburgo hasta que se mudó a París en 1930. En esa época sentía más atracción por temas como la arquitectura que por la fotografía. Horst no revolucionó el mundo de la fotografía de moda, pero lo perfeccionó con sus imágenes. El aspecto más característico de su trabajo es su concepción de la belleza.

 

Esa última foto es especial y que se convertirá en una de las más famosas de la historia de la fotografía. La publicación de la foto pilló a Horst viviendo ya en Estados Unidos. La imagen, que sigue atrapando a muchos de los que la contemplamos se llama "The Mainbocher Corset’" Está considerada la mejor fotografía de Horst; la más perfecta, la más evocadora, la más elegantemente sensual. La imagen ha quedado inevitablemente ligada al nombre del fotógrafo, tanto que fue la única elegida para ilustrar la portada de su biografía ‘Horst, his work and his world’ (Horst, su trabajo y su mundo).




El poder hechizante de la imagen, que se conserva intacto 80 años después de haberse tomado, es fruto de la combinación sutil y nada azarosa de varios factores. Hay en ella una belleza atemporal, un equilibrio, una elegancia y un punto muy sutil de provocación. El dramatismo de la imagen, como ya hemos apuntando anteriormente, viene de la luz y de las sombras profundas que esta crea en lugares estratégicos. Y es que, en esa foto, pese a lo que pueda parecer, nada, absolutamente nada, está dejado al azar, y nada es tan natural ni sencillo como aparenta. Incluso al propio Horst le resultaba difícil explicarlo:


 “La iluminación es más compleja de lo que uno cree. Parece que solo hay una fuente de luz, pero en realidad había reflectores y otros focos. Realmente no sé cómo lo hice. No sería capaz de repetirlo”.

 

Horst trata el cuerpo de la modelo como una escultura viva, y parece haber una recreación del estudio la figura. La publicación pilló a Horst viviendo ya en Estados Unidos.

 

Más de 50 años después, la mayor estrella pop del momento, la cantante Madonna reproducirá esta foto y otras suyas en “Vogue”, un videoclip musical de la carrera de la artista. Cuando el video se lanzó, Horst, que tenía ya 83 años

Vogue - Madonna




FOTOGRAFIAS ICÓNICAS: GRACIELA ITURBIDE

 2020/10/08

LA MUJER ANGEL



Datos de la fotografía

La imagen de una mujer que camina con un magnetofón y que se realizó en el desierto de Sonora, en México, en 1979. Estaba trabajando Graciela Iturbide en Punta Chueca, cerca de la frontera con Arizona, en un proyecto sobre el pueblo Seri para el archivo etnográfico del Instituto Nacional Indigenista. En aquella época, la comunidad indígena era apenas de 500 individuos.

Los Seris son antiguos nómadas y esta fotografía representa la transición entre su forma tradicional de vida y los cambios que la sociedad capitalista ha introducido en ella.

  • “Yo no recordaba haber tomado esa fotografía, pero cuando hice la selección de fotos sobre los seris para el libro titulado -Los que viven en la arena-, mostré todos los contactos del viaje a Pablo Ortiz Monasterio, y fue entonces que él me preguntó: “¿Y esta foto?”.
  • “Los contactos muestran toda la serie de la mujer caminando por el desierto, pero no supe ni a qué hora tomé esa foto en particular. Fue un golpe de suerte, casi como si la cámara, solita, hubiera tomado la foto. Considero que fue un regalo que me hizo la vida”
  • “La llamé -la Mujer Ángel-, porque parece como si volara sobre el desierto. Llevaba con ella un magnetofón, que es algo que los Seris consiguen de los norteamericanos a cambio de cestas y esculturas, y así pueden escuchar música mexicana”

 

El desierto de Sonora que aparece en la fotografía nos sugiere un espacio de frontera, tanto espacial como cultural. Un lugar que aparece definido por la diferencia y la otredad, donde se produce un proceso de negociación permanente.

 

Un personaje de carácter algo surrealista, grotesco y hasta cierto punto extravagante; ridículo en la representación del modelo indígena. La mujer casi parece volar sobre el territorio; parece un ángel o, mejor dicho, mitad ángel mitad demonio. La parte superior de su cuerpo es oscura, el rostro oculto, y la otra mitad, de cintura para abajo, está cubierta por una falta de un color blanco brillante. Pureza y oscuridad, luz y sombra, vida y muerte, viaje y búsqueda, soledad y misterio, se adivinan en una figura que parece más un pájaro que un ser humano.

 

La magia de la fotografía le viene de sus limitaciones, de su carencia de certezas, de una falta de información, de la narración a través de conjeturas; una búsqueda de la compresión del enigma. Hay una tensión que se genera entre lo que muestra y lo que oculta, en lo que intuimos pero que no vemos. La imagen así se antoja un acertijo que nos aborda y habita, un laberinto al que es imposible encontrarle la salida o certeza

 

Hay un silencio en la escena que ensordece y paraliza los sentidos; un personaje que parece fuera de espacio y tiempo: un ángel extraviado.

LA MIRADA OBLICUA: JOSHUA IRWANDI

 2020/09/30

LA MIRADA OBLICUA

©Joshua Irwandi

 

GRACIELA DE OLIVERIA

Esta fotografía “ha sido recibida con fascinación y rechazo” comenta David Beard, e introduce en su nota opiniones del profesor Fred Ritchin: “Para mí, la imagen era de alguien a quien tiran, descartan, momifican, deshumanizan, otrorizan… La gente ha otrorizado a las personas que padecen el virus porque no quiere estar cerca del virus”.

El concepto de otredad es un producto de la antropología occidental y poco usado en las ciencias orientales. Se refiere a la conciencia de uno mismo en otra cultura; desde la fascinación y la exotización, se pasa a una mirada de rechazo de los otros, los que no tienen lo que nosotros tenemos. Pero, “cuando esos otros son nuestros vecinos”, quienes pueden transmitirnos el COVID-19, la otredad requiere profundizar las conciencias científicas, sociales y periodísticas. Porque para los que pueden vivir aislados, “son los otros quienes mueren” (Duchamp), sus números aumentan en las noticias que, en general, hacen un uso evolucionista de la relación nosotros-otros y crean una sinonimia de otredad con alteridad y aún con extrañamiento, todos términos fundamentales de las ciencias humanísticas.

El fotoperiodista Joshua Irwandi fue acusado en su país de “inventarse la noticia” y de ser “esclavo” de la Organización Mundial de la Salud. Sus comentarios (“nos hemos alejado de la intención fotoperiodística de mi imagen […] creo que voy a intentar pasar desapercibido un tiempo”)  traslucen la negativa alteridad (identificación con otro diferente) que esta historia reproduce de los lugares donde la pandemia se volvió incontrolable: países identificados con modelos neoliberales sacrifican vidas para salvar empresas; medios locales, tragados por el poder de autoridades neófitas o narcisistas, desinforman. Otros responsables de visibilizar para sensibilizar (campo del arte, ciencias sociales, humanidades) están alterados, y también entretenidos, haciendo algo desde casa para el entretenimiento de otros confinados.

Irwandi, pensando que “debemos reconocer el sacrificio y el riesgo que corren médicos y enfermeros”, y esperando que “esta imagen inste a los indonesios a extremar las precauciones y a salvar vidas”, practicó un extrañamiento (crítica autónoma, realizada desde los mecanismos internos de la propia disciplina) periodístico. El “extrañamiento no afecta a la percepción, sino a la presentación de la percepción”, dijo Shklovski al introducirlo en la crítica literaria en 1914. Las ciencias sociales lo redefinieron como una conciencia práctica que permite repensar nuestras perspectivas de análisis. En idioma español extrañamiento también significa notar la ausencia de algo o alguien. Todas nociones aplicables a la sensibilidad profesional y ética de Irwandi, que lo llevaron a tener que retirarse un tiempo. ¿Se sentirá solo como el personaje de su foto?

 

MARIANO HORENSTEIN

La imagen evoca la de una momia. Envuelta en polietileno en vez de vendas, se trata inequívocamente de un cuerpo inánime. El contexto define cómo leemos la fotografía: un cuerpo amortajado de plástico en una cama hospitalaria es un cuerpo que ha dejado de existir en el hospital; y pareciera que nadie merecería una foto así en este tiempo si no fuera por el bendito virus. Y no se ha preparado el cuerpo así para que viaje al país de los muertos intacto y goce de la buena compañía de los dioses, sino para que no se lleve otros cuerpos en su travesía.

Los de quienes han cuidado a esa persona mientras se pudo, en primer lugar, quienes lo han querido también. El cuerpo que levita sobre la misma cama donde quizás haya soltado el último soplo es un cuerpo que partirá solo.

Un costado atroz de la peste, de consecuencias aún difíciles de calcular, es la dilución del ritual de ver a quienes mueren, de conversar mientras se los despide, de bromear celebrando una vida mientras se llora una muerte. La muerte no es la misma hoy en día, y despedimos a nuestros muertos como si despacháramos paquetes para el ultramundo.

Si los otros están ausentes de la imagen, no lo está quien la captura. El fotógrafo elige participar de la fotografía, y quizás consuma así un nuevo ritual. Elige estar en un sobrio reflejo, en un punto virtual más allá de la ventana. Cada fotografía pone en juego una ética, y en este caso dice: el fotógrafo es parte de la fotografía que construye. Como Velázquez se pinta pintando en Las Meninas, elige no correr la cortina color mostaza y permanecer como un fantasma que dispara su cámara desde el fondo índigo. Como si quisiera mostrar que los muertos no deben estar solos.

Si tomar una fotografía, como temían los indígenas, implicaba capturar el alma del sujeto fotografiado, vaciando su cuerpo de vida, el fotógrafo quizás atrape el alma en el momento preciso que abandona el cuerpo. Y se convierte así en testigo y albacea y archivero. Y hace que, inventando una ceremonia que no existió, ofrezcamos palabras para nombrar la pérdida.

 

 

ROS BOISIER

El reflejo del fotógrafo en la ventana es el enlace con el que establezco un pacto de ‘verdad’ con esta fotografía de una persona fallecida por COVID-19 en una habitación de un hospital en Indonesia, y es lo que mantiene mi atención para dar forma a las ideas. No dudo ni sospecho de la transparencia informativa de la imagen porque asumo el propósito divulgativo del fotoperiodista Joshua Irwandi y el prestigio de National Geographic, medio publicador. Mi interés está lejos del impacto y de la polémica que ha suscitado la fotografía en la opinión pública, más bien se centra en la presencia del fotógrafo en la imagen y en su traje de protección sanitaria para acercarme a su experiencia humana más que al hecho noticioso en sí: ¿por qué reparo en el reflejo del fotógrafo y no en el cuerpo amortajado en plástico sobre la cama? Cuestiono ante esta pregunta mi sensibilidad y el estado de mi capacidad de asombro después de meses de consumo informativo sobre la pandemia: dosis elevadas de crisis, miedo, dolor y muerte.

El reflejo de Irwandi es clave para aproximarme a su experiencia personal porque puedo vincular su punto de vista y su imagen como una señal sensible que me permite empatizar con la escena por lo que evidencia, sugiere y oculta. Su reflejo es también el mío, por tanto en esta lectura surge un efecto de traslación que da sentido a su presencia y a la señal, puedo situarme en la escena al interiorizar e identificar lo que representa esta fotografía: el reclamo de las consecuencias sanitarias, políticas y sociales de la pandemia.

El reflejo de Joshua Irwandi en la ventana me ha permitido pensar en aquellas personas que arriesgan y han arriesgado sus vidas por salvarnos de la muerte. ¿Qué otros estímulos hubiesen surgido en mí si las cortinas estuvieran corridas?

 

 

LUIS GONZÁLEZ PALMA

La imagen es perturbadora. Nuestra mirada se dirige hacia un cuerpo que yace en la cama de un hospital. Con desconcierto percibimos que ese cuerpo ha sido cuidadosamente amortajado con una cinta plástica para que no sea fuente de contagio del virus que ha diezmado al mundo en los últimos meses. Ese cuerpo parece una larva atrapada por sus propios hilos, ha sido sujetado, empaquetado, manipulado, hasta ser transformado en un saco de gérmenes envasados. Con asombro nos percatamos que estamos frente a un cadáver que de alguna forma ha sido extrañamente domesticado.

Pienso que lo complejo de esta fotografía radica en que este cadáver amortajado simboliza nuestra condición de sujetos, es decir, personas moldeadas por patrones culturales, históricos y políticos. Estamos sujetos a las narrativas y a las fantasías que nos hacemos de nosotros mismos y a las que la sociedad ha hecho de nosotros. Al ver este cadáver advertimos que, independientemente de estas cintas de plástico que lo embalsaman, hubo otras mortajas invisibles, simbólicas, que lo sujetaron y lo normaron mucho antes de su muerte. Lo que ahora vemos en este cuerpo es simplemente la representación de un adoctrinamiento simbólico que ha pasado inadvertido a lo largo de su vida.

Percatarnos de que somos cuerpos regulados por ideologías de poder y disciplina y asumir que estamos sujetos a nuestros paradójicos deseos inconscientes nos genera cierto vértigo, ya que cuando las mortajas se vuelven visibles advertimos nuestras propias ataduras, convenciones, dependencias, y normativas culturales.

La repulsión que podemos sentir ante esta imagen proviene que ese cuerpo, atrapado en su propia historia, se vuelve inesperadamente simbólico, se transforma en una especie de espejo en donde sorpresivamente, y con cierto estupor, nos vemos reflejados.

 

Publicado en LUR

es una publicación de Muga, editorial especializada en teoría y escritos sobre fotografía


FOTOGRAFIA 200: ALFREDO OLIVA

Hace unos días, Alfredo hizo una entrada sobre la "Belleza de lo banal", poniendo como ejemplo esta fotografía suya que representa el llegar a la fotografía 200 de las que tengo recopiladas de este autor




El texto se puede resumir en estas frases:

Tienen algunos fotógrafos, el valioso don de revelarnos la belleza que se oculta tras las escenas más insignificantes.

Es ese el verdadero poder de la fotografía para dotar de alma a lo cotidiano y convertirlo en arte, un milagro que con frecuencia se escapa a todo intento de entendimiento o racionalización.

Son fotografías en las que nada ocurre, no hay movimiento, ni espectacularidad, ni aparente belleza, ni, por supuesto, ningún instante decisivo, pero que son capaces de captar toda la poética que encierra lo aparentemente vano.


Su colega Juan Mª Rodríguez, cita a Bernard Plossu para referirse a este concepto

Bernard Plossu choquea y desconcierta. Con sus “decisivos instantes de nada”, interpela al espectador con imágenes de apariencia trivial que a menudo pueden no detonar ninguna emoción.


He elegido además las siguientes fotografías con ese aura de la "belleza banal"















































FOTOGRAFIAS ICONICAS: WIM WENDERS

 2020/09/18

Lounge Painting 1, Gila Bend, Arizona, 1983



La fotografía, y el viaje que esta implica,  para Wim Wenders también ha sido  importante en su filmografía. Esto no solo se ve reflejado en la línea estética de los fotogramas, sino también en los lugares y escenarios que aparecen.

La película “Paris, Texas” (1984) podría considerarse uno de los ejemplos más claros de esto. Las imágenes del largometraje cautivan al espectador por sus colores, las escenas que retratan y las emociones que transmiten. ¿Quién no recuerda a Travis (interpretado por Harry Dean Stanton andando por el desierto de Texas bajo un sol de justicia?

Wenders tenía en la mano el guion de la que sería su próxima película y sabía que tenía que estar ambientada en el sur de Estados Unidos. Por este motivo se sumergió en un viaje por Texas, Arizona, Nuevo México y California acompañado únicamente de carretes Kodachrome y una Plaubel Makina 67. El resultado fue una odisea por carreteras secundarias, paisajes del sur profundo de EE.UU. y pueblos pequeños entre los cuales se encontraba, por supuesto, el París de Texas.

En ese viaje, Wenders quedó fascinado por los colores y la luz de las tierras sureñas de los Estados Unidos. El cineasta solo había visto ese tipo de imágenes en películas y no pensaba que pudieran ser reales hasta el momento preciso en el que las presenció. Paris, Texas  solo aparece en una fotografía que Travis lleva siempre encima. Gracias a ese viaje, el cineasta cuenta que conoció la luz real del sur de EE.UU., sus colores y su carácter. Paris, Texas no es solo un canto al amor imposible, al que lleva a la locura. También es una oda a la luz, a la oscuridad y a la vida que hay tras los paisajes del sur de EE.UU.

Una de las imágenes que más le llamó la atención es la capturada en un viejo hotel de Arizona. La escena muestra la recepción del negocio donde hay un sofá, una máquina de Coca-Cola y un cuadro. Wim Wenders cuenta que quedó fascinado con ese cuadro y pensó que con un plano igual daría inicio a Paris, Texas. “Lounge Painting 1” es el nombre de la famosa foto.